Acabo de sentarme frente al ordenador, con la idea de intentar plasmar algo ocurrente sobre la pantalla en blanco que tengo frente a mí, de pronto una súbita dosis de adrenalina me arrebata. Me pregunto porqué no cambio el color del papel para escribir. Siempre digo que el blanco es el color por antonomasia para pintar y escribir, pero, ¡qué leches! voy a poner otro color y escribiré a discreción.
Una pregunta absurda: ¿Dónde está la dificultad para intentar escribir con palabras, parte de nuestra vida? Tras un ligero análisis y como música de fondo a Dire Straits, intento deshilar algo de esta madeja que configura mi insignificante vida, entre esa pequeña mezcla de fascinación y complejidad que tanto me visita, y rebuscando entre pequeños textos escritos, incluso de viejos papeles garabateados y depositados en los bolsillos, emprendo esta pequeña historia, breve y sin jugo.
Siempre digo que ponerse a contar un relato es como ponerse a construir una casa, primero hay que elegir bien el lugar, analizar el entorno, cimentar a conciencia, colocar ladrillo sobre ladrillo, hacer ventanas para ventilar, puertas de fácil acceso, tejado consistente para evitar goteras, y por último llenar cada uno de los espacios con aquello que nos prive, y si es posible inundarla con cosas que amemos. Para narrar se precisa una gran dosis de paciencia, tener el ánimo siempre apunto, porque para escribir es necesario amar la palabra, poseer siempre la mente abierta, amasar y canalizar los sentimientos que allí acuden, y plasmarlos con ilusión.
Hace un tiempo sentí eso que algunos llaman un empuje impropio, un sin vivir que iba girando mi menudo cuerpo en una dirección, que mi destino ya tenía marcada. Fue como frenarse contra viento y marea, aún cuando notas que algo te bulle y arrastra, sentí como mis pies echaban raíces en medio de la nada y mi organismo se paralizaba por completo. Fue como suspenderse con los ojos abiertos y los oídos atentos, el paladar degustando con sensibilidad, mis dedos rozando el aire en busca de… y mi nariz olisqueando cada aroma que se aproximaba por mis aledaños. Es por eso que mi sangre hierve cuando me dispongo a narrar un episodio de mi “vida “…


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Alvaro
gracias por comntarnos tu historia (muy lúcida, por cierto), me voy a quedar con algo y lo voy a anotar y te lo voy a robar
"amar la palabra, poseer siempre la mente abierta, amasar y canalizar los sentimientos que allí acuden, y plasmarlos con ilusión."
Bienvenido, abrazos.