En la mesa se come pan,
rico pan dulce recién sacado del horno, mis manos siempre se apresuran a tomar
las conchas de chocolate, mamá un polvorón, papá un bigote, mi hermana delira
por un mantecado y mi hermano se sienta a comer una concha de chocolate igual
que yo.
Si bien la vida está llena de cambios, también mi casa; los hijos hemos crecido
y los padres sienten el peso de los años sobre la blancura de sus recientes
canas, no hay chiquitos corriendo por ninguna parte a menos que sean mis
primitas de visita los Domingos, no hay pequeños calcetines atascados de lodo y
piedritas, no hay las luchitas libres entre hermanos, ni las piernas de papá
donde sentarse a llorar, todo, todo va cambiando.
Entonces a ratos se hacen nudos en la garganta y los trozos de pan se atoran de
puro sentimiento, la leche sabe agria y se enfrían los entendimientos, nos
hacemos duendes que trabajan y estudian, duendes que salen de casa y regresan
cansados, miramos padres que se aferran a que sigamos cerca y miramos de reojo
en las espaldas transparentes alas que nos crecen sin demora, sentimos dudas de
la vida, dudas de nosotros mismos, dudas de si nuestras casas son nuestras
casas, peleamos con nuestros progenitores, se agitan rebeldías, gritamos que
nos iremos lejos cuando lo que queremos es un abrazo cercano que nos cure las
heridas y disipe nuestros miedos colmándonos de alegría. Los hermamos o nos
unimos o nos distanciamos, las madres y las hijas dejamos de hablarnos o nos
hablamos demasiado, el taller de papá se hace su lugar para evadirse de todo y
la cocina de mamá se hace el refugio de los que hambrientos de comprensión nos
sentamos a comer: bigotes, espolvorones, mantecados y conchas con mantequilla.
Dedicado a mis hermanos.
Jana Regalado.
























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