Siempre quiero escribir de tantas cosas. Siempre quiero escribir sobre algo más. Pero soy reincidente de la naturaleza. Hay algo en esta tierra que me embruja, que me atrae como un imán y me deja extasiada de sus extraordinarias transformaciones. Esas que ocurren cada día, que no espero que ocurran, pero que están siempre ahí para sorprenderme a cada momento.
Hay temporadas de sol, otras de flores, unas de viento y hojas que salen por los aires, y muchos nos preguntamos ¿hacia dónde irán?, y otras en que la lluvia decide hacerse parte del entorno, y no cesa de caer, y nos empuja corriendo hasta la casa para guarecernos del frío y para no quedar mojados.

Pero ayer fue 21 de Junio y comenzó el Invierno supuestamente, porque creo que él comienza simplemente cuando quiere hacerlo, y a veces ingresa en el Otoño y deja todo mojado su trabajo artístico de colocar las hojas de los árboles en sitios estratégicos para adornar de colores ocres, amarillos, rojos y café, nuestras ciudades, nuestros campos, los caminos, las calles, nuestros jardines, y nuestros ojos. Sobre todo nuestros ojos.
Pero no es de los árboles y sus hojas que quiero hoy hablar. Tampoco es de esa eterna pasajera que es la lluvia, ni del viento que juega entre las ramas y sobre nuestro cabello, alborotando la tranquilidad de nuestra vida y poniendo más de alguna expresión en nuestro rostro, entre las que están las sonrisas por supuesto.

Son las montañas y los cerros. Esos que están allí, justo en la misma parte cada día. No se pueden mover, ni viajar llevados por el viento, pero los vemos moverse de muchas formas. Siempre se están moviendo. Con las sombras con que las nubes acarician sus laderas cuando avanzan, con la nueva visión que nos entregan si viajamos por una carretera. ¿Se han fijado en la forma con la que interactúan unos con otros, parece que se cierran y se abren para tocar el comienzo de un nuevo cerro, de una cordillera nueva.
Ocultan tantas cosas a nuestra vista, que luego nos van entregando poco a poco, haciendo que su forma ya no sea la misma. El juego de luces y de sombras que el sol provoca con su eterno movimiento, a veces hace que sus pendientes parezcan más profundas, mucho más curvas, tanto más suaves, armoniosamente perfectas para encajar en el entorno.

Los cerros son secretos, silenciosos, movedizos, escurridizos, soleados y sombríos al mismo tiempo. Las sombras ondulan en su espalda y nos hablan en colores. Se difuminan sus alturas cuando desde su parte posterior brota tan lentamente una casi cascada de neblina, que repta imperceptiblemente por sus faldeos hacia la tierra madre, dejando una película de humedad en su camino, que ayuda a que sus promontorios permanezcan siempre verdes.
Las cumbres cordilleranas están un poco más lejos, pero también tienen lo suyo. Cuando hace mucho frío y la neblina cubre las ciudades, y estamos arropados en nuestra cama durmiendo, algo está sucediendo en las alturas. Entonces, al otro día hay un nuevo ropaje que las viste. Es un traje tan albo, tan intensamente blanco, que parecen gritar que son hermosas, puras, altas, radiantes. Y las nubes a veces les rinden homenaje.

Hoy el día está nublado y hace frío. Ahora no veo los cerros ni la cordillera desde aquí, pero sé que allá están, y que cada día cuando viajo en el tren nos volvemos a ver, y me vuelven a encantar con su nuevo colorido, y sus diferentes accesorios, parece que ya los conociera, pero en realidad cada vez vuelvo a redescubrirlos. Cada nueva ocasión es un nuevo reencuentro con otra parte hermosa de la Naturaleza.
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Jeniffer Argomedo Hodgkinson
"Los grandes cambios empiezan desde las pequeñas cosas"
Día helado... hojas secas y semillas... todo calmo en el aire... la vida continúa en este Invierno...


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