Y cuando vi sus ojazos brillantes de tanta maravilla no me pude resistir. Pasé por el acordeón del bus y me acerqué a su asiento. Me observó desde sus cuatro añitos, luego miró su paragua, que aún se tambaleaba. Podríamos decir que era un paragua azul colgando de un “toma mano” en la mitad de un transantiago, pero no le haríamos justicia. Ahora, si bajáramos unos buenos muchos centímetros, quizá nos podríamos acercar a la verdad. Era un flamenco azul colgando del cielo!!! Y él podía columpiarlo!! Su mirada volvió a mí, o más bien, a mi paragua.
“El mío es un gato” No creí que hubiera mucho más que explicar y desplegué mi verde paragua. Impactado, miro las dos orejas que se levantaron de mi paragua, sobre los ojos, boca y bigotes dibujados sobre la tela verde brillante. Lo cerré dándole dos giros. Extendió su manito para tocar una oreja. Luego, miró su paragua cerrado e intentó abrirlo. Con un poco de ayuda de su padre lo logró, poniendo ante mis ojos un azul flamenco tatuado con los protagonistas de “Lazy Town”. Entonces sucedió. Justo en el momento en que sonaba el pitido para hacer detenerse el bus. En ese instante: Un beso paragual.


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Ainssss...
La ternura de ese beso paragual me sabe al beso delicado, sorprendente y preciso de las primeras lluvias con la tierra.
Un abrazo para ti, Lü, bonita
Pilar